Txo, Andoni, déjame la azkana, una novela que ahonda en el dolor y la amistad

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Cuando a finales de 1996 mi amigo Julen agonizaba en un hospital de Bilbao donde había ingresado por complicaciones derivadas del VIH, tuve la certeza de que todo aquello que habíamos vivido en el pueblo, lo del caballo, la kale-borroka, el rock radical, debía ser contado para no repetir los mismos errores. Julen apenas podía hablar, se ahogaba. Él no me dijo lo de escribir, no se le habría ocurrido. Él dijo lo de las películas.

Txo, lo que hemos vivido nosotros, txo, eso sería como para hacer una película, ¿no crees? —Se atragantó tanto que tuve que llamar a la enfermera.

A Julen le gustaba mucho ir al cine Ercilla, como a mí. Me acuerdo de películas atroces como Holocausto caníbal y también Hombres salvajes, bestias salvajes. Él era más joven y nos pedía a los más mayores que le dejáramos el carné de identidad, nos parecíamos todos tanto. Pero ahora Julen era un saco de huesos que rebatía a la muerte su derecho a apoderarse de él, cada día, en cada palabra, en cada gesto. Su fuerza languidecía y en mi cabeza iba tomando forma una idea. Ahora, los pocos que íbamos quedando éramos estrellas que brillaban solas, cada una con su propio brillo, si es que brillábamos.

Portada Txo Andoni


Julen murió un par de semanas después de aquello y en mí ya había empezado a hacerse fuerte la voluntad de contarle todo a alguien, porque en realidad eso era lo que echaba en falta: poder contarlo. En mi mente, junto a los recuerdos, se fraguó un proyecto: recuperar los días de Julen, de él y de los demás, sobre todo de Andoni. Pero no para hablar de los días feos que yo solo pude intuir desde mi exilio, cuando todo se volvió muy oscuro. No, yo quería hablar de los buenos tiempos, de cuando éramos felices, o eso creíamos, para, al mismo tiempo, buscarme a mí mismo en todo aquel mundo salvaje y primitivo de antes del caballo, tan salvaje como las películas del cine Ercilla. Yo no había presenciado el Apocalipsis, por eso mi cabeza estaba en el Génesis, en cuando todo comenzó. Por eso la trama transcurre entre 1978 y 1982. Bueno, y un pequeño salto a 1976, el de la playa.

Pero ¿qué caracteres debía desarrollar? ¿Quiénes de todos aquellos héroes debían protagonizar una novela que tenía que hablar de obsesiones, de desconcierto y de amistad? Sobre todo de amistad.

Me daba miedo por lo que podía encontrarme, pero quería cerrar un capítulo que tal vez estaba más pendiente de lo que suponía. O rendir una especie de tributo a una época y unos episodios que durante años pensé que me esperarían a cuando regresara, porque me marché muy pronto. Hasta que nunca regresé.

Además, escribir usando muchos giros y algunas conversaciones en el euskera pequeño del dialecto bermeano era también una forma de rendirle un pequeño homenaje a un habla que se desvanece ante el poder de su hermano mayor, el batúa. Homenajear, recordar lo perdido, lo casi ausente, para entender el presente.

La tarea de la elaboración de una novela completa me daba vértigo. Pero empecé a creer en mis personajes, sobre todo en el protagonista, cuya falta de raíces en Madrid y una difícil relación con su amante le llevan a buscar en su pasado las claves para entenderse mejor. Para acercarme más a ellos traté de hablar como hablábamos entonces. Pensé que lo mejor era que el narrador escribiese lo más cerca posible a como nos expresábamos. A veces puede parecer que el que escribe es un chaval adolescente de otra época. Ojalá lo haya logrado.

Durante la elaboración de la novela he pateado mucho mi pueblo, he caminado mirando cómo ha cambiado y he buscado las huellas de aquellos años, y, aunque quien vertebra la trama es alguien que vive en Madrid, él necesita deambular reconociéndose en sus rincones, en las aguas del puerto o en las pocas caras conocidas que van quedando.

Lo que propongo con esta novela es arrojar algo de luz sobre las sombras de una generación irrepetible cuyos protagonistas se transformaron demasiado pronto en fantasmas de sí mismos. 

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